Hasta el siglo XX, la tasa de mortalidad infantil en China era tan alta que el bebé no recibía un nombre hasta que cumpliese un mes de vida. A partir de ese momento consideraban que el niño estaría a salvo. Para festejarlo, la familia se reunía, el nuevo integrante era presentado y se le asignaba un nombre. Esta celebración era conocida como “La fiesta de Huevos Rojos y Jengibre”.
Los huevos teñidos de rojo eran obsequiados por los padres ya que para la cultura china simbolizan la fertilidad, la felicidad y la buena suerte en la vida, todo lo que deseaban para su hijo.
En cuanto a la cantidad, si el bebé era niña debía darse un número par; si era un niño, número impar. Incluso, los más tradicionalistas, también regalaban un gallo si era varón, una gallina si era mujer y dos pollos si eran gemelos.

El jengibre también era parte del ritual, ya que es un elemento imprescindible en la medicina tradicional china y atraería la buena salud.
Los invitados llegaban a la fiesta con obsequios para el pequeño, la mayoría de ellos representaban la buena fortuna, salud y prosperidad para el pequeño.
Actualmente, esta tradición sigue vigente y en el salón se colocan grandes canastos con huevos y jengibre para que los invitados se los lleven al salir de la reunión.
100 buenos deseos
El Bai Jia Bei o manta de los 100 buenos deseos es otra antiquísima tradición de la cultura china. La misma consiste en que cada miembro de la familia y amigos donen un trozo cuadrado de tela de alguna prenda antigua. Con ellos se confecciona una manta de memorias para el bebé que ha nacido. La creencia es que cada trozo de tela contiene la energía de quien la donó y de esta manera colabora para atraer suerte a la vida del bebé.




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